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O no. Cada año a finales de agosto lo mismo. Tras unas vacaciones más o menos largas nos espera septiembre a la vuelta de la esquina. Y con él se acaban también las jornadas continuas, las cervecitas a las 3 y hasta el buen tiempo. Atentos que viene la gota fría.

Si eres parte de ese 84% de personas que han salido de vacaciones este verano no te despistes, a la vuelta se espera más de ti. Lo dicen los expertos y las encuestas, incluso volver con las pilas cargadas forma ya parte de la coletilla que acompaña a cualquier recibimiento post-vacacional. ¿De verdad?

Probablemente esta afirmación necesite, como todo, de un tiempo de maduración. La mayoría, pobres de nosotros, apuramos nuestras vacaciones hasta el final y volvemos con el Jet Lag en su punto álgido. Además, exceptuando a esos especímenes únicos en su especie, llamados cracks, tardamos algo más de un milisegundo en pasar de “no hacer nada” a rendir al máximo. Y ¿quién no habría pedido dos días más de vacaciones para descansar de las vacaciones?

Seamos realistas. La vuelta no es un buen momento para hacer rutina. Probablemente la productividad esté en cotas más que bajas y nuestra mirada hacia el reloj se desvié más de lo acostumbrado. Al engranaje, frío tras el parón, le cuesta ponerse en marcha. En cambio, si eres del afortunado 66% que ha conseguido desconectar, quizá sea un buen momento para innovar.

La distancia, el descanso y las nuevas relaciones hacen que nuestra perspectiva cambie. Y también la forma que habitualmente hacemos las cosas. Somos esclavos de nuestra rutina, autómatas de un hacer aprendido y/o heredado, en definitiva, cautivos de la solución “de toda la vida”. Asumámoslo es hora de innovar y la lejanía empieza a no ser sólo la excusa perfecta, sino también el momento más adecuado.

Eso implica también nuestros hábitos horarios. Es hora de ser flexibles, de adecuarse a las necesidades de las personas y de las empresas. La vuelta de las vacaciones es sólo un ejemplo de rigidez improductiva. Pero podemos y debemos ir mucho más allá. Seguimos pagando horas extras en picos de productividad en vez de compensarlo con zonas valle. Seguimos pidiendo a la gente que rinde a  primera hora que venga a las diez y al que rinde de tarde que llegue a las ocho. Seguimos sujetos al reloj y no al tiempo.

Debemos medir el tiempo, si, pero no la hora. Necesitamos una unidad de medida, algo que nos equipare en esfuerzo y resultados. Es lo justo. Pero no dejemos que nos condicione la costumbre, explotemos todas sus posibilidades y creemos horquillas de flexibilidad, bolsas de horas, jornadas compactas en determinados momentos, ..etc.

¿Por qué no innovar y mejorar?

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